Mala Casta: novela policial de Mario Urtecho

“Toda creación literaria tiene una intención y Mala Casta no está exenta de ello. Más que criticar, denuncio desde la realidad de la novela, delitos cometidos en la realidad social, política e institucional de Nicaragua y otros países”

(Mario Urtecho).

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Conversatorio entre el escritor Francisco Bautista Lara y Mario Urtecho, autor de la novela policial Mala casta, realizado en pasado miércoles 18 de junio en el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica, y vuelto a leer en la Academia de policía Walter Mendoza, a la tercera semana de agosto.

¿Por qué incursiona el autor en la novela de género policial?. Mario Urtecho, poeta, ensayista, escritor de cuentos y editor, incursiona con esta obra en la novela, pero no en cualquier tipo de novela, sino en la novela de la intriga y la infamia, en la novela policial, género no cultivado en la literatura nicaragüense, pero que, durante las últimas décadas, ha renovado gran interés público. 

El problema de este género de novela es que es un texto sobre el que con frecuencia será necesario volver una y otra vez, porque están llamadas “a decir y hacer cosas inteligentes”, a plantear y resolver acertijos; suelen llamar la atención pública, mover a la lectura masiva y, en ocasiones, su producción prolifera para un lector morboso, ansioso por encontrar diversión en la violencia, la traición, la sangre, la muerte, la corrupción, la noche, el enigma, el desamparo, la soledad, el sexo, la seducción, la infamia, la intriga, la conspiración, el crimen…

Ante la proliferación se puede caer, como se ha caído, “en el arrabal”, término famoso por el tango uruguayo-argentino, pero que para estos efectos, pretende indicar, según el académico y autor Héctor Malverde (seudónimo del autor de “Guía de la novela negra”; octubre 2010; Errata naturae editores; Madrid, España), lo que se degrada y no vale la pena, porque puede caerse en la trampa de no decir “cosas nuevas e inteligentes”.

Desde niños, es común que se quiera ser policía, o bombero, usar pistola y conducir carros de policía. Los padres nos compraron y nosotros compramos a nuestros hijos, carros pintados de policía; nos gustan los desfiles y las ceremonias de policías y soldados, las marchas, las bandas, las gorras y las escarapelas…

A los seres humanos nos despierta curiosidad el misterio y la trama de lo que no entendemos, por ello no es casual que alrededor de un crimen en la vía pública, incluso de un accidente de tránsito, la gente se aglomere, no para auxiliar a las víctimas, sino para ser espectadores de primera mano de un acontecimiento.

No es casual tampoco que la “nota roja” en los canales de televisión y las páginas de sucesos de los diarios, gocen de la mayor audiencia y lectura, la que es mayor cuando las fotos e imágenes que muestran son más crudas.

La literatura requiere inteligencia para que, captando ese interés masivo, se pueda transformar esa “nota roja”, esos “sucesos”, en páginas y capítulos con valor literario, que ordenen las ideas y proporcionen al lector algo más que la noticia sensacional, que le lleve, como en su origen el género buscó y que, a pesar de los cambios postmodernistas, sigue siendo válido, a cosas nuevas, dichas y presentadas de manera inteligente, que provoquen la imaginación para descifrar un acertijo o encontrar la salida de un laberinto.

 

—Estimado Mario, te pregunto, después de tu recorrido por la poesía, el ensayo y el cuento, tus contribuciones a la literatura nicaragüense, ¿qué te ha movido a incursionar en la novela, y particularmente en este género tan riesgoso, no solo por el contenido, sino también por la forma, de la novela policial?

Yo nunca quise ser policía, quizá porque en mi niñez, durante aquella dictadura, el miedo flotaba en el ambiente cuando un guardia, o un policía, sujetos de la misma raza, se acercaban a nuestro entorno. Eran símbolos de peligro y de maldad. Por eso, los chavalos de entonces, al menos los de mi barrio allá en Diriamba, nunca jugábamos a policías y ladrones, porque todos preferíamos ser ladrones antes que policías. A inicios de los 80, Manuel Morales, máxima autoridad política de la revolución en Las Segovias, me ordenó alistarme en el ejército. No obedecí. Soy alérgico a las órdenes. Además, el uniforme, el AK, y los grados, de una u otra manera transforman a la gente.           

Se ha dicho desde siempre que no hay crimen perfecto, quizá porque es una verdad, o porque ha sido convertido en un medio disuasivo para hacer desistir de sus intenciones a quienes piensan cometerlo. De lo que no cabe duda es de la acuciosidad aplicada por los órganos policiales cuando de verdad quieren descubrir al autor, o autores de hechos delictivos, porque también es cierto que algunos casos no son resueltos por órdenes superiores, ya que esclarecerlos afectarían intereses económicos, sociales, políticos, una mixtura de todos ellos, o de otras especies. 

En las investigaciones verdaderas, los encargados aplican la inteligencia, la lógica, la interrelación de eventos, el entorno físico y social, las posibles causas que generaron los efectos indagados, los antecedentes de los implicados, sus modus operandis, los aportes de los soplones, y, por supuesto, la técnica instalada en laboratorios policiales, la disponibilidad de archivos, la ayuda sustancial de la técnica canina, y otras claves que permiten capturar a los delincuentes. Esos fueron elementos que me motivaron a escribir Mala Casta, aunque con algunas variantes, que los conocerán cuando la lean.

— ¿Por qué el título de Mala casta?

—Los títulos de las obras acostumbran tener una intención, no es una regla, es posible que no pretendan decir nada o expresen todo lo contrario a lo que el texto desarrolla. Suele ser común esa costumbre en la novela policial, que el nombre anuncie la tragedia, el crimen.

Una de las autoras más populares del género, Agatha Christie, escribió en 1926 El asesinato de Roger Ackroyd. Algunos, como Raymond Chandler la han criticado por “la mediocridad narrativa y la pobreza de sus diálogos”, y otros han reconocido su “habilidad para construir tramas complejos”, ¿quién de nosotros que se diga curioso lector no ha incursionado alguna vez por estas páginas de la vieja escuela, de la edad dorada de la novela policial?

Edgar Allan Poe, uno de los mejores escritores del relato corto de la literatura universal, escribió en 1841 Los asesinatos de la calle Morgue (o Los crímenes de la calle Morgue). Otros autores, como Charles Dickens, publicó en 1870 El misterio de Edwin Drood, y en 1939 el inglés Geoffrey Household, Animal acorralado.

—Mario, viendo el título de tu novela Mala casta, me parece que seguís la tradición de los autores del género. En el nombre se anuncia lo malvado de algo que está por contarse, lo malvado en una generación, estirpe, ascendencia, calidad, o condición, y lo que seguramente el lector querrá descubrir. ¿Por qué la nombraste así, qué propuesta expresás o insinuás en el título?.

—Como se sabe, casta significa ascendencia, linaje, pero ese término también se aplica a un grupo que forma una clase especial y que tiende a permanecer separada de los demás, por su raza, religión, modus vivendi, etc. Mala casta está en siete parlamentos de nuestro inevitable Güegüense, dicha por éste para increpar a su hijo putativo don Ambrosio, quien se pone a favor del mandamás y llama mentiroso a su padre, cuando éste ofrece su cajonería de oro, sus doblones de plata y otras cosas de la supuesta mercadería que dice tener.

En el corpus de la novela hay varios personajes cuyas características los ubican en la mala casta, y por el ámbito en que actúan no podían ser de otra manera. Además, en nuestro país hay varios de esa estirpe, que se ponen a favor del mandamás y atropellan a los que antes fueron sus pares. Cuando les dije a algunos amigos que ya había terminado la novela, me preguntaron por el título, y al decírselo, les gustó. Es un título atractivo.

—¿Hechos que ocurrieron y fueron descubiertos por casualidad?

—No voy a referirme a los detalles internos de la novela que el lector tendrá que recorrer página por página, con mucha atención, para descubrir, solo entraré a sondear las primeras líneas, es decir, “la obertura de la novela”.

En el primer párrafo dice: “Minutos antes de la una de la madrugada, favorecidos por la evanescente claridad de la luna y las luces brotando de sus frentes, las siluetas sumergidas del abismo terminaron de ascender el escarpado sendero, coronándolo en una parte despejada a tres metros de altura sobre el nivel de la carretera”.

Desde mi opinión, ese inicio es pertinente, las palabras usadas en el texto, la imagen que despierta en el lector, siembra desde el inicio, el misterio.

Veamos tres puntos (pág. 5):

“Minutos antes de la una de la madrugada”: hora fría, oscura, terrible, después de la media noche; esconde superstición, riesgo y tinieblas.

“Las siluetas sumergidas del abismo”: aquí hay más imágenes que podrían comenzar a erizar los pelos del lector sensitivo y que seguramente, le obligarán a iniciar la lectura.

Agrego: “escarpado sendero”.

Más adelante, en el mismo párrafo, agrega: “En aquel escenario… les daban apariencia de susto”,

Algunas novelas policiales tienen un arranque similar, con el fin de sembrar, desde el inicio en el lector, un aire de misterio y enigma. Otras van directamente anunciando el problema que pretenden resolver: el asesinato, el hallazgo del cadáver, la escena del crimen…

Estimado escritor, ¿podrías comentarme sobre tus propósitos desde el inicio?, hay, en los primeros capítulos del relato, un hecho casual, las circunstancias ponen a la luz un complejo caso de narcotráfico y crimen organizado en Nicaragua. ¿Crees vos que las cosas ocurren por casualidad y, al igual que el texto, en la realidad, las cosas se revelan de manera casual? Es decir, pensás que ¿ocurren por casualidad, y se conocen por la casualidad?.

—La escenografía donde comienza la novela es bastante fúnebre, por la madrugada y todo lo demás, y generan ese aire de misterio y enigma que usted menciona. Tenía que ser así, porque matar a alguien en ese tramo de carretera, considerando lo traficada que es, no podía hacerse a la luz del día. El asesino creyó que esa era la hora oportuna para no ser capturado, porque, ¿quién andaría a esa hora por allí? Sin embargo, a veces hay ojos donde menos se espera. 

Respecto a lo otro, considero que la casualidad no existe. Todo es causal, de causa y efecto. Los casos de narcotráfico y crimen organizado no son la excepción. Por ello es loable la lucha que la Policía Nacional desarrolla en Nicaragua contra estos flagelos. De otra manera, a pesar de que a diario se cometen delitos en el país, careceríamos de  los márgenes de seguridad ciudadana que tenemos, ausentes en otros países de la región.

 —¿Hay en la obra motivaciones de crítica política y social?.

—Si nos ubicamos en el contexto histórico cuando surge la novela policial, en donde hay que reconocer que los escritores han llegado primero a la escena del crimen y saben (y averiguan), más que los policías, fiscales, forenses y jueces, en donde hay un enfoque crítico de la realidad social y política, una denuncia a la corrupción, una especie de crónica social que critica un sistema en donde la figura del gánster y la mafia, normalmente relacionados al propio sistema, se enfrentan al justiciero, al detective solitario, persistente, descuidado, de agudo olfato, hábil, de vida desordenada con muchas dificultades personales, profesionales y económicas.

Desde la perspectiva literaria, la novela policial tiene la virtud de plantear un enfoque crítico de la realidad social y política, se sumerge en el bajo mundo, más allá de las apariencias, escarba y presenta la descomposición que a veces vemos y que, desde la sociedad y las instituciones no queremos reconocer. Esa es la virtud de este género: cuestiona las relaciones de poder, las relaciones con la ley, las vulnera y las desmitifica.

Realmente, el interés principal de la “novela negra” no está en la solución de un enigma, o en la identificación del laberinto que nos lleve a una salida del caso que muestra, sino que está más bien en presentar, como en un vídeo, las escenas de los conflictos humanos y sociales, los conflictos de la convivencia, entre las instituciones y las personas, entre las personas y las normas, muchas de ellas formales y mentirosas.

—Partiendo de lo anterior,  estimado autor de Mala casta (espero que la manera que presento esta pregunta no se mal interprete, no digo que el “autor es de mala casta”, sino que, aclaro, que el amigo escritor que me acompaña, escribió esta novela que tituló, por las razones que él explicó: “Mala Casta”), ¿podrías explicarnos si tu obra tiene motivaciones de “crítica social, política e institucional”?

—Toda creación literaria tiene una intención y Mala Casta no está exenta de ello. Más que criticar, denuncio desde la realidad de la novela, delitos cometidos en la realidad social, política e institucional de Nicaragua y otros países. La usura, por ejemplo, encarnada en Buenaventura Espejo, sigue vigente. Recién escuché en las noticias a una señora que durante 9 años luchó en los juzgados contra una microfinanciera que por un préstamo de poca cuantía le quitó la casa. Por fin ganó el caso, pero perdió tiempo, dinero y paciencia. 

En mi novela se aborda el tráfico de cédulas de identidad desde el Consejo Supremo Electoral, causantes de muchos casos de trata de personas, delito que ha esclavizado en prostíbulos de la región a numerosas adolescentes. Además, el colombiano, jefe de los narcotraficantes que a balazos enfrentaron al ejército en Walpaisika, donde murieron varios soldados, según la cédula nicaragüense que andaba, había nacido en Masaya. Pero mi novela se quedó corta. Cuando la había terminado, se destapó la podredumbre del magistrado del Consejo Supremo Electoral, cuya función en el crimen organizado era trasladar dinero de Nicaragua a Costa Rica. Un millón de dólares por viaje, y en vehículos del Estado de Nicaragua. De lo político es sobrancero escribir.   

—¿Muestra las vulnerabilidades institucionales?. Quiero preguntar por algunas frases que usas en la novela, que desde mi opinión evidencian la crítica social al sistema, a su decadencia, caracterizada por el soborno que suele ser botín normal de policías, judiciales, políticos y funcionarios, rasgo típico del género de la novela policial, o detectivesca, y que no volveremos a llamar “negra”, para evitar los sesgos, porque morena y  simpática, según parece, es la hábil doctora y capitana de policía, la Sherlock Holmes nicaragüense, que el autor utiliza, y cuyo nombre es: Malika Scott Müller, quien “es una convencida de que todo sospechoso es culpable mientras no pruebe su inocencia”.

Vos escribís:

 “el progreso carece de misericordia” (pág. 7)

 “la información genética de nuestros políticos nicaragüenses…: tendencias caudillescas, sus adicciones a reelegirse, perpetuarse en el poder, y enriquecerse con el erario” (págs. 109-110).

 “Lo que ahora se ventilaba en público eran secretos a voces que la mojigatería de los políticos, la aristocracia y los nuevos ricos creían ocultar desde hacía años”. (pág. 129).

“debían muchos favores, las de la élite del país en lo político y en lo económico, cuyas fronteras cada día se van difuminando hasta desaparecer, porque los que mandan en Nicaragua son los que tienen plata…” (pág. 143).

Las circunstancias personales e históricas, los accidentes institucionales y políticos, las tragedias familiares e individuales, van fortaleciendo, o degenerando, la adversidad es la prueba de la verdad, de allí salen los héroes y los mafiosos.

El sistema muestra sus vulnerabilidades y fortalezas, el poder y el dinero tienen las posibilidades de derribar las leyes y las restricciones.

 ¿Pretende esta ficción mostrar esas vulnerabilidades? ¿Qué podrías comentarnos acerca del perfil político y social que tu novela MALA CASTA expresa en la trama, en los diálogos de sus personajes y en sus características?

—No hay mentira cuando afirmo que en Nicaragua mandan los que tienen plata, y no es casual el dicho popular “el que tiene plata platica”. Veamos algunos ejemplos relacionados con las frases mencionadas.

  • El progreso carece de misericordia. Si llegase a ser construido el canal en Nicaragua, existe el peligro que destruya no sólo la fauna sino toda esa inmensa fuente de agua potable que en la actualidad consumen miles de personas de los municipios de la ribera. Ese desastre parece no importarles a quienes están en el poder.
  • Las tendencias caudillescas, sus adicciones a reelegirse, perpetuarse en el poder, y enriquecerse con el erario, eso ni siquiera merece un comentario. 

La novela Mala Casta denuncia a los corruptos, a los ladrones de saco y corbata, a los delincuentes que han convertido sus inmunidades en impunidades, a centenares de parásitos que viven del erario. 

—¿”Novela negra” y portada negra, alguna relación?. La novela detectivesca, policial o como la llaman, negra, simplemente porque en los años veinte del siglo pasado surgió en Estados Unidos, en medio de su crisis de explosión social y económica, y después en Francia, en la Editorial Gallimard, junto a André Malraux, Albert Camus y Jean Paul Sartre, publicaron, desde 1945, diversas traducciones de novelas policiales que llevaban “pasta de color negro”, se denominaron “Serie Noire” (del francés, “Serie Negra”) y que el cine de Houston, con Alfred Hitchoock, terminó de fijar el calificativo de “negro” a este género de novela policial, y cuyo término ha entrado en desuso, en parte para “evitar discriminar o etiquetar un color”, por eso tampoco, en el mundo de la seguridad ciudadana, no se debe decir “cifra negra” sino “cifra oscura o desconocida”, que es, de alguna forma, la que la novela policial como la que Mario nos presenta, lo que no se sabe y si se sabe, se conoce poco, y si se conoce, no se habla en voz alta.

En relación al calificativo de “negro” con el que la tradición calificó este género, ¿hay alguna intención del autor, de nuestro amigo Mario Urtecho al utilizar la portada en donde predomina precisamente el “color negro”?

No, el uso del color negro en la portada de Mala Casta no tiene nada que ver con el género. Este es el quinto libro que publico, y exceptuando Clarividencias, los demás tienen fondo negro. Sucede que decidí que las portadas de mis libros sean destacadas con pinturas de mis amigos pintores, y el fondo negro destaca los colores de esas pinturas. Pienso que los libros, además de buen contenido, deben tener bonita la cara.

 —¿Por qué utilizar letras del alfabeto griego para separar los capítulos?. Esa manera particular de titular los capítulos me llama la atención, ¿por qué una novela policial asume las 24 letras del alfabeto griego? Lograste completar el alfabeto en la cantidad de capítulos en los que intencionalmente, dividiste el relato.

¿Por qué titular, de esa manera particular, y no común, los capítulos con el alfabeto griego, que nosotros los lectores comunes no logramos identificar y nos confunde? Diremos acaso, si hablamos con un amigo, voy por el capítulo “teta” de “Mala Casta” ¿y vos? Yo voy por el “beta”, o estoy por comenzar el “omega”. En qué clase de enredo nos metiste, ¡a buscar el alfabeto griego que medio estudiamos en la secundaria y teníamos en el olvido!

—No, poeta, no hubo ninguna intención de enredar al lector, y no lo meto en líos. Sucede que desde que leo de manera consciente -y esto es muy importante-, he visto que los capítulos de los libros son separados con números arábigos, con títulos e incluso con figuras. Es lo tradicional. Yo quise hacer algo diferente, y opté por las letras del alfabeto griego, porque, además, siempre me gustaron sus trazos, algunos muy caprichosos, bonitos, atípicos. Fue una agradable coincidencia que el número de letras del alfabeto griego coincidió con el número de capítulos de la novela, y eso no lo planifiqué.

—¿Cómo categorizar a tus personajes?. El escritor y poeta portugués Fernando Pessoa, uno de los más grandes de la literatura portuguesa y europea de inicios del siglo XX, de quien José Saramago, premio Nobel de Literatura 1998, se refiere con respeto, se atrevió a afirmar: “Uno de los raros divertimientos intelectuales que aún le quedan a la humanidad es la lectura de novelas policíacas. Esta opinión tal vez le causará una suerte de estupor, no tanto porque yo tenga predilección por estos autores, que se encuentran entre mis lecturas de cabecera, sino porque me atreva a confesar que así es”.

Las telenovelas, historietas y narraciones importadas, de diversa calidad, han despertado la atención de las compañías de cine, de las cadenas de televisión y de las editoriales, principalmente aquellas historias relacionadas con el crimen organizado y el narcotráfico, en donde, lamentablemente, en contraposición con las características clásicas del género, donde el detective representaba el bien y el delincuente el mal, donde el problema se presentaba como la necesidad de averiguar sobre un crimen, para revelar la verdad, en una lucha entre los buenos y los malos, en la novela, por sus contenidos y formas recientes, durante las últimas décadas, esos límites son difusos.

En la era de la información y del postmodernismo, los roles se confunden y el lector termina enredado e identificando al mafioso como el héroe y rindiéndole culto, porque suele salir airoso de la adversidad, y aunque caiga “en las garras de la justicia”, es percibido por el lector, o espectador, como una víctima del sistema, como un ídolo al que hay que rescatar de la “maltrecha y malintencionada justicia”.

Estimado Mario, desde tu punto de vista de autor de esta obra que esperamos los nicaragüense acojan con agrado, ¿con cuál rol pretendés ubicar a tus personajes? Particularmente me refiero a Malika Scott-Müller, capitana de la Policía, que asume la investigación de un complejo caso de narcotráfico y crimen organizado en el que tu relato atrevidamente incursiona.

— El rol y la presencia de la doctora y capitana Malika Scott-Müller fue una decisión acertada, por varias razones. Primero, porque, en general, los personajes principales de las novelas son varones; segundo, ella, además de ser mujer, es nicaribe -al decir de nuestro amigo el poeta Carlos Rigby- y pocas mujeres costeñas son personajes centrales de las novelas, al menos hasta donde sé. Por otra parte, muy importante por cierto, su desempeño desmitifica eso que se asegurado durante generaciones que los hombres son más capaces e inteligentes que las mujeres, error que todavía creen algunos varones. 

En qué parte de esos límites difusos ubicar a la capitana, preferiría que los lectores den sus propias respuestas.    

—¿Algunos personajes (nombres y características) tomados de personas conocidos?. Hablemos de los personajes. Encontramos a mafiosos y policías, lo que corresponde en este género literario, pero en esas dos categorías, hay policías honestos y deshonestos, mafiosos malvados y decentes, que solo operan negocios, o que son sanguinarios, prósperos empresarios, mujeres sensuales…  Cuando leo la descripción de estos personajes y la caracterización de algunos, cuando veo el nombre que usas para incorporarlos en la ficción de Mala casta, a veces tengo la percepción que conozco a alguno, no sé si fue intencional usar sus nombres y/o sus características, ¿Con qué propósito?  ¿Para ponerle un poco de humor al peliagudo asunto de narcotráfico y corrupción que se aborda? O para burlarte de los conocidos, o más aún, ¿no estarás insinuando que lo que Mala casta tiene que ver también con alguno de ellos?

Estimado Mario, te pido que nos hables un poco de los personajes de tu novela, ¿de dónde salieron, de dónde copiaste sus nombres y características?

Resulta difícil para mí, sobre todo considerando que ésta es mi primera novela, caracterizar la personalidad de mis personajes. En una ocasión, mi amigo, el escritor Guillermo Cortés Domínguez, me dijo que las características de sus personajes las tomaba de gente que él conocía. Algunos de mis personajes tienen características de gente que conozco; otros los inventé. 

Mi intención al usar nombres de gente que conozco fue homenajearlos, porque son amigos especiales, a quienes les tengo especial aprecio. Por ejemplo, el Comisionado Arnoldo Martínez, el arquitecto Kiko Báez, el Dr. McNally, el Comisionado J.R. Vílchez, el comisionado Fernando López, el Dr. Porfirio Romano; el fotógrafo Luis Armando Rocha, el viejo guerrillero Juan Domingo Romero, es gente que aprecio. Lo que sí es cierto es que nada tienen que ver con sus nombres. 

Arnoldo es un experto en materias presupuestarias; Kiko es poeta, abogado y, además el que más sabe de impuestos en Nicaragua; el Dr. McNally, es mi dentista; J.R. Vílchez, es mi hermano de Las Segovias; Fernando López, es Chinano, de Granada, Secretario Ejecutivo del Festival Internacional de Poesía; el Dr. Porfirio Romano, es el poeta y arquitecto Porfirio García Romano; el fotógrafo Luis Armando Rocha es mi amigo, el poeta Luis Rocha y Juan Domingo es un viejo amigo de Diriamba a quien siempre le llamo John Sunday.

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